¿Cómo reconocer a Aristóteles en una cafetería?

Saludos, compañeros de filosofía,

¿Estás cansado de que todos tus compañeros de oficina sepan identificar al aristotélico de la cafetería y tú no sepas de quién están hablando? ¿Sufres porque no sabes lo que es la virtud y no encuentras a un aristotélico que te la defina? Acaba con ello. En esta breve entrada, haciendo honor a Platón, utilizaré el diálogo para que puedas detectar el pensamiento de Aristóteles. Simularé una conversación que cientos de veces viví en mi cafetería predilecta entre el camarero y un cliente aristotélico.

Encontrar a un aristotélico en una cafetería es relativamente sencillo, puesto que 3 de cada 5 personas lo son, aunque no lo saben. Créeme que yo igual que tú no sabía reconocer el pensamiento de Aristóteles en las personas. Pero a medida que iba conociendo su filosofía, iban viniendo a mi memoria ciertas personas con las que me había cruzado y tenían su mismo pensamiento.

-Peripatetismo-

–Buenos días, caballero. Siempre le veo caminando de un lado a otro. ¿No tiene bicicleta, vehículo o preferiría ir en transporte público? –recibió el camarero, Juan Pablo, a un cliente habitual.

–Buenos días, Juan Pablo. Prefiero caminar y así hacer hambre y poder comer un buen desayuno en su cafetería –respondía el caballero mientras entraba a la cafetería.

–Ojalá todos mis clientes fueran como usted –sonrió el camarero.

–Le confesaré la verdad. Caminando pienso mejor, me ayuda a esclarecer las ideas. Es por eso, que cada vez que necesito poner mis ideas en orden, me doy un paseo.

Aristóteles fue alumno de Platón y acudió a su escuela, llamada La Academia. Tiempo después, Aristóteles fundó su propia escuela de filosofía en Atenas y la llamó el Liceo, puesto que estaba cerca del un templo dedicado a Apolo Licio. Él junto a sus alumnos daban la clase mientras iban paseando alrededor del citado templo. En griego, peripatein , significa dar vueltas (Candel, XIV). De ahí viene el nombre de peripatéticos. Es por eso, que si en tu cafetería predilecta ves que hay un cliente que aprovecha para hacer todos sus trayectos caminando y no hace otra cosa que verle beneficios al caminar, entonces puedes empezar a sospechar de que estés delante de un aristotélico.

-Eudaimonismo-

–Bueno, caballero, aquí tiene su desayuno habitual: un humeante café con leche y un emparedado de queso con atún. Desayunar bien es importante –se acercó el buen camarero cargado con su bandeja.

–Lo más importante es la felicidad. Ser feliz y ya está –sentenció el cliente.

–Claro que sí, caballero –respondió el camarero temiendo que a continuación viniera un soliloquio de su cliente.

–Al fin y al cabo ¿qué es lo que queremos las personas? La felicidad. ¡Claro! Todo lo demás no importa si no eres feliz. ¿Para qué la gente quiere comprarse tantas cosas? Porque les hace feliz –explicaba con motivación el cliente.

–Ya lo creo. Pienso igual –acertó a decir Juan Pablo a ver si acababa la charla su cliente.

–Al final de la vida, cuando la gente está en su lecho de muerte aguardando el momento fatal, en lo único que piensa es si en esta vida fue feliz. En nada más piensan.

La ética aristotélica se denomina eudaimonista. Es una ética de la felicidad. Según Aristóteles, el fin de todos los hombres es la felicidad. Es por eso, que si en tu cafetería habitual ves o escuchas que hay un cliente empeñado en que la felicidad es lo importante. Si notas que relata un montón de frases del estilo: “el que es feliz hace felices a los demás”, “la felicidad es doble cuando la compartes con alguien”, etc. es posible que estés delante de un aristotélico… aunque un poco al estilo Mr. Wonderful.

-Felicidad-

–Muy bien, caballero, pero me ha surgido una duda –atacó el camarero. –Me ha dicho que lo más importante es la felicidad pero ¿qué es la felicidad?

–Pues un aspecto muy importante de la felicidad es la contemplación –apuntó el cliente con precisión después de un momento de reflexión.

–Desde luego… estar tumbado y no hacer nada. Por eso me gustan tanto los fines de semana –intervino el camarero en la disquisición.

–Quería decir la contemplación del conocimiento.

–Ah, claro. Eso mismo. Pero la felicidad no es solo contemplar el conocimiento ¿no?

–No, en efecto. Otro elemento de la felicidad es la virtud.

–Es verdad. Yo siempre lo digo. ¡Hay que ser virtuoso!

–Los bienes exteriores también son importantes -el cliente iba dando pinceladas a su definición mientras le venían a la cabeza.

–Parece que los requisitos para le felicidad no son pocos –cuestionó el camarero a su cliente.

–Si lo piensas, ser feliz no es una cosa fácil ni rápida ni momentánea.

Para Aristóteles la felicidad era un agregado de varias cosas. La felicidad es principalmente el ejercicio continuado de la actividad típica del hombre. Después de estudiarlo, descubrió que la actividad propia del animal racional es el conocimiento. Es por eso, el ejercio continuado, es decir, el hábito del conocimiento es lo que le brinda más felicidad al ser humano. La virtud, que definiremos más adelante, es otro aspecto de la felicidad. Sin embargo, no se queda allí, sino que antes que dedicarse a la contemplación tiene que tener otras necesidades cubiertas. Por ejemplo, no se puede ser feliz si no se tienen bienes externos, si no se tiene dinero, si no es meridianamente bello, si no tiene suerte en la vida, etc. Es por eso, que si en tu cafetería predilecta ves un cliente que le encanta vivir bien, ser virtuoso y, además, practicar la contemplación del conocimiento, es muy probable que estés delante de un aristotélico.

-La virtud-

–Aquí tiene la nota –se acercó el camarero queriendo liberar la mesa para el próximo cliente. –Espero que mi hijo me salga virtuoso, así algo ya tiene para ser feliz.

–No es que la gente nazca virtuosa. La gente se hace virtuosa, puesto que la virtud es un hábito –corrigió el cliente al camarero.

–El hábito no hace al monje ¿verdad?

–Eso quiere decir que no debemos juzgar a las personas por sus apariencias… Lo que yo intento decir es que la virtud es una práctica que se ejercita cada día.

–Como yo que abro esta cafetería cada día. Soy un virtuoso de la cafetería. Pero si cada día haces una cosa, no implica que seas virtuoso en eso. Imagino que para ser más virtuoso debería regalarle el café a mis clientes.

–Ni tanto ni tan poco. Debe ser el justo medio. Ni pecar por exceso ni quedarse corto –quiso redondear el concepto el cliente. –Ser excesivamente generoso sería un vicio. Si regalas el café, pronto caerás en la bancarrota y ya nadie vendrá a esta cafetería.

–Entonces de vez en cuando, mejor –quiso rectificar el camarero.

–Eso tiene que ver como sea cada uno. Si por naturaleza no tienes ningún detalle con nadie, deberías esforzarte por tenerlo. Si, en cambio, eres excesivamente generoso y ayudas a cualquiera porque sí, deberías contenerte. En fin, debes pensar con prudencia.

Según Aristóteles, la virtud es un hábito electivo punto medio entre dos extremos viciosos uno por exceso y otro por defecto relativo a nosotros y propio del hombre prudente. Todas las virtudes se debía ejecutar día a día. No se puede ser virtuoso un día y dejar de serlo al día siguiente. Se evaluará si se es virtuoso, pero a lo largo de una vida, evaluada en su conjunto. Por otro lado, también es un punto medio porque, por ejemplo, la valentía es el punto medio entre la temeridad (que sería el vicio por exceso) y la cobardía (que sería el vecino por el defecto). Además, debe ser relativa a nosotros, pensando cómo somos por naturaleza. Si normalmente nos excedemos, deberíamos contenernos. Si, en cambio, somos contenidos, entonces esforzarnos por hacer un poco más.

-La teoría del conocimiento-

–Mañana mismo empiezo a ser virtuoso. Bueno, mejor me espero al lunes así empiezo con la semana –le comunicó el camarero mientras le traía la vuelta.

–Como en el gimnasio. Así no empezarás –ridiculizó el cliente al camarero. –La experiencia me ha demostrado que las cosas son así. Tienes que empezar ahora. El mejor momento para empezar fue ayer. El segundo mejor momento es hoy.

–Esta semana me va fatal empezar. Justo este fin de semana me toca la fiesta de mi primo Robertito y no me deja ser virtuoso –quiso escaparse el camarero.

–Hay que ser realista en esta vida. Conocerse a uno mismo, como la frase inscrita en el templo de Apolo en Delfos.

–¿No la dijo Sócrates? –inquirió el camarero.

–¡No! Todo el mundo se equivoca. Conócete a ti mismo y busca siempre el punto medio. Si piensas que la virtud requiere mucho esfuerzo, no es así. Requiere constancia y moderación.

La teoría del conocimiento de Aristóteles era realista y empirista. Era realista porque el hombre conoce la realidad tal como es (en contraposición con cómo lo creía Kant , que no podíamos conocer la realidad en sí). Su teoría es empirista porque todo conocimiento parte de la percepción, es decir, de nuestra experiencia. Es por eso que si en tu cafetería habitual hay un cliente que siempre alude a su experiencia para extraer conocimientos, y siempre nos exhorta a que seamos realistas, entonces es seguro que has encontrado a tu aristotélico de cafetería.

Con estas tres pinceladas tienes más que suficiente para detectar a un aristotélico. Recuerda: el caminar, la felicidad, la virtud, la experiencia y el realismo son rasgos característicos de todo aristotélico. Evidentemente, Aristóteles no se acaba aquí y esto es solo el botón de la americana. Sin embargo, espero que te haya gustado esta nota. Es mi anhelo poder facilitarte el camino hacia el reconocimiento de los filósofos, en este caso: Aristóteles. Sin más dilación me despido hasta la siguiente nota.

Referencias:

1. Aristóteles (2016): Aristóteles I. Biblioteca de grandes pensadores (Est. Prelim. Candel, M.). RBA: Barcelona.

2 comentarios en “¿Cómo reconocer a Aristóteles en una cafetería?

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